viernes, abril 17, 2009

¿Estamos aquí para ser felices?

Coca Cola nos presenta en su última acción publicitaria televisiva a un centenario mallorquín que viaja hasta Madrid para transmitir un esperanzador mensaje a una recién nacida. Anuncio tan bien planteado como realizado que, de manera certera, apela a las emociones. (Tal es la intencionalidad de llegar a los sentimientos que en plena nebulosa emocional alguien creyó ver, y así me lo relató, que el anciano iba a conocer a su bisnieta, cuando no existe relación de parentesco).

Con la autoridad que confieren 102 años de vida, Josep Mascaró confiesa, pese a haber conocido tiempos peores, lo rápido que ha sentido transcurrir su existencia. Como conclusión, pronuncia la frase estrella del anuncio y, quizá, la más inquietante: “Estás aquí para ser feliz”.Sin entrar en consideraciones sobre qué significa la felicidad para cada persona y si es posible alcanzar ese estado en cualquier circunstancia vital, la afirmación es, cuando menos, arriesgada. Tal como está formulada la frase, bien puede interpretarse como una promesa que a su vez envuelve un derecho. Aunque poco conocido, perfectamente podría clasificarse entre los fundamentales: el derecho a ser feliz.

Así, resulta aventurado anunciar esta promesa a nuestra sociedad, cuyos miembros nos caracterizamos, dicen los expertos, por presentar una baja tolerancia a la frustración. Es decir, esperamos ser felices siempre y si no ocurre así, somos incapaces de aceptarlo, nos desorientamos y no sabemos cómo reaccionar. Sin embargo, la vida nos recuerda -generalmente con mayor frecuencia cuantos más años pasan- que nuestra existencia se compone de momentos buenos y de momentos malos. Y como no hay un equilibrio prefijado entre alegrías y desgracias, la balanza se puede inclinar en cualquier dirección durante cualquier fase de la vida.

Por tanto, prometer que la sola existencia conlleva la felicidad no parece muy ajustado a la realidad. Menos todavía pensando en muchas personas que sólo creen aquello que ven en televisión, quienes tomarán la frase como una verdad absoluta. Con el tiempo, aquellos que no logren ser felices a todas horas pueden sentirse engañados por el anuncio y quizás quieran presentar una queja ¿Dónde deberán tramitar la reclamación?

Javier Irurtia

martes, abril 15, 2008

El Chiki Chiki

Tenemos a medio país con un sentimiento repartido entre la indignación y la vergüenza por la próxima representación española en Eurovisión. Tampoco hay que escandalizarse: Rodolfo Chikilicuatre ha sido el candidato más votado. Quizá TVE, en su afán democratizador, se pilló los dedos. Por primera vez en la historia del festival, el representante español ha sido designado íntegramente por el público. Aunque tremendamente popular, la iniciativa no estaba exenta de riesgos. Y la voluntad del pueblo ha sido enviar a Belgrado al más extravagante de cuantos se presentaron.

No cabe duda de que el resultado de la votación está en consonancia con la percepción que se tiene del certamen. Si de nuestra representación dependiera el volumen de fondos europeos que España recibirá el próximo año, posiblemente la elección hubiera sido otra. Pero hoy en día, el Festival de Eurovisión no significa demasiado en este país, a diferencia, según parece, de cómo se vive el evento en otras latitudes.

Y tampoco este cantante de tupé imposible va a ser el primer friki que actúa en Eurovisión. Hace dos años, el festival lo ganó Lordi, un grupo finlandés de heavy metal, cuyos componentes aparecieron caracterizados como criaturas salidas de una película de terror. Seguro que los finlandeses estaban encantados con la puesta en escena de sus representantes, mientras que aquí el tradicional complejo ibérico nos infunde ese miedo tan nuestro al ridículo.

Viendo la oposición al Chiki Chiki, cabe pensar que tememos quedar mal clasificados. No parece muy difícil mejorar el vigésimo lugar de 2007. Y recordemos que en 2002, 2003 y 2004, cuando acudieron los elegidos en Operación Triunfo, la mejor posición la alcanzó Rosa, con una séptima posición.

Eso sí, resulta innegable el tirón de audiencia que tuvo la cantante granadina, con un 88% de cuota de pantalla y más de 13 millones de espectadores. Nada que ver con los escasos tres millones y medio (un 28% de cuota de pantalla) logrados por D’Nash el año pasado. Es casi seguro que Rodolfo Chikilicuatre resulta más rentable para TVE. Sólo por curiosidad un tanto insana, muchos querremos ver cómo reacciona el público ante tan peculiar personaje. Quizá nos sorprenda.

Javier Irurtia

viernes, diciembre 21, 2007

Cambio climático e iluminación navideña

El 15 de noviembre, la mayoría de los ayuntamientos de las grandes ciudades españolas se sumó al apagón de cinco minutos contra el cambio climático. Una actitud plausible cuya intención quedó en entredicho pocos días después. En menos de dos semanas, esos mismos ayuntamientos encendían la iluminación navideña, repartida profusamente por las principales calles. ¿En qué quedamos?

En los últimos años, con sonido de cierta excusa, ya no se detalla como antes el número de bombillas que nos iluminarán las Navidades. Y cada vez se habla más del empleo para esta decoración de bombillas de bajo consumo. De acuerdo, pero consumo en definitiva.

Asistimos mientras tanto a una escalada de los precios del petróleo que algunos ya se aventuran a comparar con la de 1973. En ese año, por ejemplo, la Gran Vía madrileña se quedó sin luces de Navidad. Y de aquel tiempo todavía recuerdo un anuncio televisivo en el que se nos invitaba a tener encendidas el menor número posible de luces en casa porque, como decía el eslogan: “Aunque usted pueda pagarlo, España no puede”.

En nuestros días, cómodamente instalados en la sociedad del bienestar, apenas se escuchan opiniones contrarias a la iluminación navideña como propuesta para ahorrar energía. Ahora, al parecer, todos podemos pagarlo, tanto España como los españolitos.

Si hacemos caso de las previsiones sobre la duración de las reservas petrolíferas, deberíamos pensar ya en empezar a prescindir de las estrellas, los renos y las campañas que adornan nuestras calles durante estos días. Voces nada agoreras estiman que en unos 25 años empezará a mermar la capacidad productiva de los pozos de petróleo. Tampoco queda tanto tiempo para conseguir que las energías renovables sean una verdadera alternativa a la producida por los combustibles fósiles. Y menos todavía para descubrir nuevas fuentes de energía, si es que las hay.

Javier Irurtia

viernes, febrero 23, 2007

El mando a distancia

Hace unos días fallecía el estadounidense Robert Adler. Aunque su nombre no resulte conocido, fue uno de los ingenieros inventores del mando a distancia, motivo suficiente para ocupar un lugar preferente en la galería de los personajes ilustres del siglo pasado.

Cuando en 1956 desarrolló su invento para la empresa Zenith, Adler difícilmente pudo siquiera intuir cómo el mando a distancia iba a cambiar la forma de entender el entretenimiento. En consonancia con su nombre, tener en la mano este dispositivo equivale a portar la vara de mando, en este caso del salón familiar.

El invento ha traído comodidad, no cabe duda, pero también lleva oculta cierta carga de confrontación a la hora de elegir un canal entre quien lo maneja y el resto de televidentes, más en estos tiempos de oferta televisiva tan abundante. Eso, sin querer entrar en el tópico de que los hombres se adueñan del mando y practican sin piedad el zapeo (adaptación de la Real Academia Española del término inglés zapping).

Además de virtudes, al mando a distancia hay que atribuirle algún que otro defecto, como el de favorecer los comportamientos sedentarios que -según nos advierten continuamente- tanto caracterizan a nuestra sociedad. No podemos negarlo: sentarse frente al televisor con el mando en la mano le hace a uno sentir todo el poder en las yemas de sus dedos. Muchas veces sólo existe lo que vemos en televisión y, gracias a este dispositivo, podemos elegir la “realidad” que más nos apetezca sin movernos del sofá.

Por otra parte, el mando ha conseguido que ya nunca apaguemos totalmente la televisión. Para que la comodidad sea total, el receptor ha de quedar en espera (posición habitualmente denominada standby). En estos días de oscuros vaticinios relacionados con el cambio climático, cabe recordar que mantener encendido ese piloto de la televisión también consume energía. Sirva como dato que dejar el aparato en espera supone en un país como el Reino Unido arrojar anualmente a la atmósfera 480.000 toneladas de CO2. Un coste muy alto para ahorrarnos los tres pasos de ida y tres de vuelta que separan el sofá y la televisión.

Javier Irurtia

miércoles, junio 28, 2006

Adiós al Mundial

Tampoco esta vez. No diré que lo sabía, pero sí que lo temía. Yo también he vuelto a caer. Tras ser eliminados en la anterior Eurocopa, prometí no volver a implicarme emocionalmente con la marcha de la selección española. Cierto es que en los periodos entre mundiales y eurocopas, apenas sigo el fútbol; algún partido de Osasuna y poco más. Sin embargo, en los compromisos internacionales de la selección me apasiono y, he de reconocerlo, lo paso mal.

No quiero identificarme con esa corriente de opinión que habla del tradicional derrotismo del combinado futbolístico español, acompañado por ingredientes como la mala suerte y cierto complejo de inferioridad. Me niego a abrazar esta filosofía y, sin embargo, cada vez me parece más creíble.

Al final, como han apuntado las aficionadas femeninas con las que he visto el partido, la culpa va a ser de la falta de glamour de nuestros entrenadores. El chándal de Luis Aragonés no resulta especialmente favorecedor, y menos todavía aderezado con sus gritos y gestos. Mi hija ha preguntado por qué ese señor estaba todo el rato enfadado. En el otro banquillo, el entrenador francés, sin inmutarse, lucía un traje perfectamente planchado, completado con unas gafas de moderna montura. Mira que Camacho lo intentó, pero el calor húmedo de Corea le jugó una mala pasada tiñendo su camisa azul con aquellos manchones de sudor axilar.

Todavía, a pesar de los esfuerzos de los comentaristas televisivos por levantarnos el ánimo, no consigo esperanzarme con el horizonte de la próxima Eurocopa. Y además, como acertadamente me ha sugerido un amigo en un SMS, éste ha podido ser el último Mundial de España como tal. Si esto ocurriera, confío en que a las 17 selecciones de la Península Ibérica (18 con Portugal), les abandone el halo de fatalidad que parece acompañar al combinado español en sus compromisos internacionales.

Javier Irurtia

viernes, abril 28, 2006



¿Desaparecerá el funcionario para toda la vida?

Menudo susto le ha dado el ministro Sevilla al funcionariado español. Y no es para menos. Si el aviso va en serio, se ha terminado aquello de aprobar la oposición y no volver a mirar nunca más los anuncios de empleo de los periódicos. Así que, de acuerdo al proyectado Estatuto del Empleado Público, el funcionario tendrá que responder de su trabajo y podrá ser cesado si no es eficiente. ¿Dónde vamos a llegar?, se preguntará más de uno.

Sospecho que la noticia ha provocado dos reacciones bien distintas: inquietud entre el funcionariado y cierta satisfacción entre quienes no cobramos la nómina de la Administración. Porque, seamos sinceros, los funcionarios no se encuentran precisamente entre los trabajadores mejor valorados por la sociedad.

Aunque conviene huir de las generalizaciones, el ciudadano medio tiene la sensación de que el empleado público no trabaja en exceso. La gente piensa también que con tantas administraciones diferentes -estatal, autonómica y local- el número de funcionarios crece sin control.

Puede que esa percepción sobre un número exagerado de funcionarios haya ido demasiado lejos. Hace años, cuando hacía prácticas en un periódico, se me coló en un subtítulo que en España había dos billones de funcionarios. Lógicamente, la cifra correcta era dos millones, pero lo curioso es que prácticamente nadie pareció darse cuenta del error.

Volviendo a la fama de no trabajar demasiado -lejos todavía de las generalizaciones-, cabe preguntar quién no ha escuchado esos relatos escalofriantes sobre las libres interpretaciones del horario laboral por parte de algunos empleados públicos. Hay unos cuantos que han circulado como auténticas leyendas urbanas: la funcionaria que hace la compra diaria durante su horario de trabajo; el grupo que se organiza para que cada día fiche uno y el resto pueda ir más tarde; o el chiste del concurso de velocidad ganado por un funcionario que llega a casa treinta minutos antes de su hora de salida.

Las madres ya no van a anhelar que sus hijos sean funcionarios, porque, si se cumple lo anunciado por el ministro Sevilla, aquello de conseguir un puesto de trabajo vitalicio va a pasar a la historia. Todo cambia.
Javier Irurtia

domingo, febrero 12, 2006




Mi generación ya casi no fuma

Hace años, la entonces Caja Municipal de Pamplona regalaba a sus clientes de menor edad unas camisetas en las que podía leerse: “Mi generación no fuma”. En aquel tiempo –cuando no estaban tan divulgados los perjuicios del tabaco-, el lema resultaba original e innovador. Hoy pasaría prácticamente desapercibido.

Muchos años después, cualquiera, como es mi caso, que haya sido fumador y esté empezando a despedir la treintena, podría afirmar: “Mi generación ya casi no fuma”. Y si todavía no tiene esa percepción, que se asome a cualquier fotografía de juventud de una celebración entre amigos, la sobremesa de una cena o una boda, por ejemplo. Rara es la mano que no sostiene un cigarrillo o un puro.

Parece probado que las campañas antitabaco, antes incluso que la cruzada recién iniciada por la ministra Salgado, van obteniendo resultados. Puede también que su eficacia aumente entre los de mi generación porque, como se suele decir, ya vamos teniendo una edad... Con los años, hemos ido perdiendo esa despreocupación por la salud propia tan insolente como juvenil.

A estas alturas ya nadie discute los daños que fumar lleva aparejados. Lo que no encuentro demasiado acertadas son las promesas que enumeran la mayoría de métodos o listas de consejos para el abandono del tabaco. En concreto, no he percibido ninguna mejora sustancial en mi capacidad olfativa o gustativa desde que dejé los cigarrillos. A corto plazo, y esto es una verdad universal, el único que gana protagonismo es el penúltimo agujero del cinturón, al que tantas privaciones y ejercicio me costó dejar en el paro.

Cierto es que con la nueva ley, fumarse un cigarro en un lugar público se ha convertido en una arriesgada misión. Entiendo que los todavía amantes del humo azulado se sientan perseguidos y discriminados. Pese a todo, seguro que este acoso se traducirá dentro de unos años en una menor incidencia de determinadas enfermedades.

Mientras tanto, me atrapa la nostalgia al mirar las fotos de aquellas lejanas cenas y bodas que, por el humo del ambiente, parecíamos celebrar en el “Ricks Café Americain”, aquel que regentaba Humphrey Bogart en “Casablanca”. Pero, sinceramente, al verlas ya casi no añoro el tabaco, sino lo despreocupados que vivíamos.

Javier Irurtia