miércoles, septiembre 14, 2011

El país vecino

Por segundo verano consecutivo, he tenido la suerte de disfrutar de unos días de vacaciones en Francia, en concreto en Bayona y sus alrededores. Al igual que el año pasado, he vuelto a tener la sensación de que cada vez existen menos diferencias entre los franceses y nosotros. En este caso puede ser por la proximidad geográfica.

Pero lo cierto es que nuestras formas de vida cada vez se parecen más. Uno de los días acudimos a un hipermercado, presente también en Pamplona, ubicado dentro de un centro comercial por el que estuve paseando y me encontré, en su mayoría, las mismas tiendas que en cualquier galería comercial española. Un mérito más de la globalización, supongo.Y no sólo la uniformidad comercial, sino que también se percibe un cambio en la actitud de los franceses hacia nosotros.

Lejos quedan aquellos años -hace más de 30- en los que acudí con un amigo a unos campamentos veraniegos con niños franceses. Recuerdo cómo me sorprendí cuando uno de aquellos compañeros galos me contó que su padre era albañil. Cuál sería mi complejo de inferioridad patrio que estaba convencido de que todos los franceses eran, como mínimo, ingenieros o catedráticos de la Sorbona.

Sin embargo, entonces todavía había quien miraba a España como un país subdesarrollado. Unos años después, volví a aquel campamento con mi amigo para celebrar algún aniversario, y uno de los franceses que había sido monitor nos preguntó, así a bocajarro, si los obreros españoles ya habían conseguido que les concedieran un mes de vacaciones pagadas. Era el año 1987 y en Francia habían conquistado ese derecho en 1936. Vamos, que la pregunta era de todo menos bienintencionada.

Ante esta actitud, y recordando el escaso cariño mutuo que se han profesado históricamente ambos países, tiene cierta explicación la comparación que utilizaba mi abuela para subrayar cualquier exceso de cantidad: “Había más gente que mierda en Francia”, solía decir.

Ah, las vacaciones han sido estupendas y la inmensa mayoría de los franceses, muy amables.

Javier Irurtia

domingo, julio 24, 2011

La mañana de Santa Ana

Hace unos días hablaba con una amiga de allende El Perdón y trataba de describirle las excelencias de las fiestas de Puente. Para los puentesinos, ya se sabe, hay una noche mítica, casi mágica, que es la transición entre el día de Santiago y la mañana de Santa Ana.

Le detallaba la tradición de permanecer toda la noche en vela -y de juerga lógicamente- para esperar la llegada de las vacas a primera hora. Y en ese punto, intentaba transmitirle la sensación de llegar a la calle Mayor poco antes de que soltaran las reses, cuando la principal rúa de Puente se convierte en el lugar de reunión de los “valientes” que han permanecido toda la noche en pie.

Y entonces empecé a recordar ese auténtico “choque de culturas” que se produce al coincidir en el mismo lugar los trasnochadores irredentos con las “gentes de bien” que se han levantado expresamente para presenciar la llegada de las vacas. Un choque en el que salen ganando los madrugadores, apostados al otro lado de la barrera, tan sólo por cómo se divierten viendo los estragos que hacen tantas horas de juerga.

Rememorando aquellas madrugadas mágicas de juventud, me di cuenta de que más que evocar un sonido o una imagen, recordaba una curiosa sensación. No sé si por el cansancio, lo bebido durante la noche, la edad o por todo a un mismo tiempo, cuando pienso en la mañana de Santa Ana vuelvo a sentir la tibieza de la temperatura y de la luz, propias de las primeras horas de una mañana de verano.

Ahora pienso que esta sensación tan agradable que parecía envolverte con un halo de bienestar era fruto de muchas circunstancias, pero sobre todo de la despreocupación con que vivíamos en aquella edad. Porque después de esa juerga, la única obligación era dormir hasta primera hora de la tarde para volver al “combate”. A no ser que te tocara limpiar el batacán o poner cena, máximas responsabilidades de aquellos tiempos.


Javier Irurtia

domingo, diciembre 12, 2010

¿Quién vive en una piña debajo del mar?

El primer día de los pasados Sanfermines coincidí en la villavesa que me llevaba al centro con dos cuadrillas de jóvenes cuyas edades no llegarían a la treintena. Lo animado de su conversación y el tono de sus voces delataba que salían de almorzar. Situada cada cuadrilla en un extremo del autobús -era una villavesa de dos cuerpos-, y aunque no se conocían, cada vez que un grupo iniciaba una canción, el otro la secundaba.

El momento culmen de esta confraternización musical improvisada llegó, al menos para mí, cuando el miembro de una de las cuadrillas gritó: “¿Quién vive en una piña debajo del mar?” y desde el otro extremo le respondieron al unísono: “¡Bob Esponja!”

Conozco a Bob Esponja desde hace muchos años. Esta serie de dibujos animados nació en 1999 y empezó a cobrar popularidad al año siguiente. Como padre de una niña entusiasta del canal televisivo Clan, considero lógico saber de este habitante de Fondo de Bikini, pero me sorprendió que personas jóvenes, y presumiblemente sin descendencia, conocieran la existencia del amigo de Patricio Estrella.

Ya en el fragor de la batalla sanferminera, es decir recorriendo bares de lo viejo, coincidí en un baño con otros jovencillos que también entonaban la canción de la serie y concluí -profundas reflexiones de espera en la puerta de un baño- que quizá Bob Esponja sea un fenómeno de popularidad tal que ha trascendido del público infantil.

Al volver del baño lo comenté con mis amigos. De los cuatro que estábamos, sólo uno -que no tiene hijos- desconocía al cocinero del Crustáceo Crujiente. Gracias a la atmósfera proclive a confidencias que confieren dos copas de pacharán después de comer, otro amigo nos confesó que le encanta ver en solitario capítulos de la serie cuando sus tres vástagos ya están acostados, fascinado, aseguró, por la expresividad de los ojos del vecino de Calamardo Tentáculos.

Cabe recordar que la revista TIME nombró en 2007 a la serie como uno de los mejores programas de televisión de la historia y distintos capítulos han sido candidatos a los Premios Emmy en seis ediciones de los últimos ocho años. No cabe duda de que el cocinero de las deliciosas “burger cangreburger” tiene algo especial.

Javier Irurtia

martes, octubre 12, 2010

Fiestas y derecho a la imagen

A primeros de septiembre tuve la suerte de ser invitado a pasar un día en fiestas de Peralta. Al igual que otras poblaciones de similar tamaño, Peralta cuenta con una televisión local que retransmite gran parte de los actos que conforman el programa de fiestas. Cierto es que tener televisión propia en una localidad de este tamaño supone una suerte por muchos motivos, pero no es menos verdad que las cámaras pueden convertirse en testigo incómodo de la realidad que se vive en estas jornadas festivas, días en los que el desmadre cobra cierta carta de naturaleza en nuestras calles.

Se me ocurrió este inconveniente mientras tomábamos una cerveza en una bar y en una pantalla gigante podían verse las evoluciones del público de sol de la plaza de toros peraltesa, actuaciones que delataban el estado “motivadísimo” de los asistentes, como dicen mis sobrinos. Entre los distintos disfraces, sobresalía un espectador cuyo cuerpo apenas se cubría por unas ramas -repletas de hojas, la verdad- dispuestas alrededor de su cintura. Eso sí, no le faltaban las gafas de sol ni el sombrero. Y mientras iba y venía en el tendido bailando al ritmo de la música, no pude evitar imaginar qué pensaría su madre, quizá su abuela e, incluso, su jefe, al verle de aquella guisa por televisión. Si bien la Constitución, en su artículo 18.1, garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen como uno de los derechos fundamentales, cabe preguntarse si no habría que desarrollar un decreto específico que proponga una observancia más cuidadosa de este derecho durante las fiestas, cuando la ingesta de alcohol convierte al ciudadano en un ser especialmente vulnerable al deterioro de su imagen.

Hace muchos años, en Falces se produjo una circunstancia inusual coincidiendo con el encierro del Pilón. Un espectador que había acudido a las fiestas de la localidad, y parecía estar muy “motivado”, cayó al barranco al intentar situarse para presenciar la carrera. El rescate resultó muy laborioso y retrasó la salida del encierro. Al día siguiente, los periódicos daban cuenta del suceso, dejaban entrever el estado del accidentado y detallaban su nombre, apellidos y localidad de procedencia. Al leer la noticia, un amigo mío exclamó indignado: “Atracas un banco y, además de llamarte presunto, sólo ponen tus iniciales. Sin embargo, te vas de juerga a fiestas de Falces, tienes la mala suerte de caerte al barranco y toda Navarra, incluida tu madre, se entera de que ibas ‘tocado del ala’. ¡No hay derecho!”. Y no le faltaba razón, me temo.

Javier Irurtia

martes, julio 13, 2010

La inevitable playa

Como suele ocurrir en este tiempo de verano, ya he padecido mi primera escapada a la playa. La memoria, que muchas veces es traicionera, te oculta las penurias propias de un día de playa y para ello te ciega con la atracción irresistible de unos días de vacaciones. Y he vuelto a caer.

Embadurnarse de crema protectora es el primer paso para pasar unas horas junto al mar. Cada vez me planteo con mayor insistencia qué sentido tiene protegerse con tal denuedo frente a un agente presumiblemente peligroso, en este caso el sol, cuando evitarlo es bien sencillo. Vendría a ser como entrar voluntariamente provisto de una careta antigas en una habitación infestada de gases tóxicos.

Además, darse crema protectora es todo un arte. No sólo porque tienes que distribuirla uniformemente sobre la piel de tus hijos -que si ya se mezcla con la arena desemboca en una situación indescriptible-, sino porque dársela a uno mismo siempre deja una “zona cero” en el centro de la espalda, más que nada debido a las limitaciones físicas de cualquiera que no tenga demasiadas dotes contorsionistas.

Y qué decir de la dificultad de andar sobre la arena hasta llegar al punto óptimo, es decir próximo al agua para vigilar a los niños y que además sople brisa. Si en este trayecto la arena quema (o en el de vuelta), uno puede empezar a ver espejismos a diestro y siniestro, como si estuviera perdido en pleno desierto.

Así, en una playa francesa de la costa atlántica donde todavía quedan restos de un complejo de búnkeres dispuesto allí por el ejercito alemán durante la Segunda Guerra Mundial, cargado camino del coche con la bolsa y la silla de playa, no pude evitar retrotraerme al desembarco de Normandía. Con el peso que acarreaba, llegué a imaginarme como un soldado aliado con su mochila de combate y un mortero a la espalda, intentando salir de la playa bajo el fuego enemigo, cuando sus pies se hundían irremediablemente en la arena.

Afortunadamente, logré salir indemne de aquel infierno y alcanzar mi objetivo: un chiringuito -aunque en Francia no se llamen así- donde recompensaron mi hazaña con una cerveza fría. Todo esfuerzo tiene su premio.

Javier Irurtia

domingo, mayo 23, 2010

Leyendas urbanas
Recibo hace unos días un mensaje electrónico, supuestamente remitido por un médico de una prestigiosa clínica, donde se relata el caso de una joven que, estando de copas, es sedada con alguna sustancia vertida en su bebida y despierta sin sus dos riñones.
Dejo el ordenador abierto y mi hija mayor lee horrorizada parte del mensaje. Trato de explicarle que la historia carece de verosimilitud, que no es más que otra leyenda urbana. Entonces me pregunta qué es una leyenda urbana y le cuento otros ejemplos, como los cocodrilos en las alcantarillas de Nueva York o la autoestopista de la curva. Lejos de tranquilizarla, solo consigo meterme en un jardín, porque cada uno de los ejemplos le inquieta todavía más.
Curiosamente, en la misma semana una emisora de radio y una canal de televisión abordan el tema de las leyendas urbanas, término al parecer acuñado en 1968 por el folclorista estadounidense Richard Dorson, quien define este tipo de relatos como una historia moderna que nunca ha sucedido, contada como si fuera real. Por cierto, en la información televisiva se aseguró que el sucedido de la autoestopista de la curva tiene su origen en la Edad Media y ya entones la chica advertía a los conductores de los carruajes del peligro que acechaba tras una curva. Situar su origen en la Edad Media tiene también algo de leyenda urbana.
Tratando de encontrar casos más cercanos, me viene a la memoria la historia que nos contábamos de niños sobre una sombra que parecía la silueta de un sacerdote, proyectada por el sol a determinada hora en los alrededores de la Peña Aizpea, al parecer porque un cura había perecido ahogado en el Arga por aquella zona. Y también recuerdo haber oído sobre la existencia de un túnel que comunicaba la iglesia de los Reparadores de Puente la Reina con el fuerte Infanta Isabel. Incluso alguna vez hicimos planes de explorarlo, aventura que nunca llevamos a cabo.
Pero lo que todavía me hace gracia es aquella creencia de que los sapos -que nosotros llamábamos arrapos- eran capaces de escupir una saliva tan nociva que podía dejarte ciego si te alcanzaba un ojo. Por eso, cuando veíamos uno, nos cubríamos los ojos con una mano mientras le apedreábamos con la otra. Creo haber dejado atrás esa fobia hacia los arrapos. De hecho, hay uno que habitualmente elije la alfombra de la entrada de mi casa como lugar para pasar la noche. Cuando me lo encuentro, le miro abiertamente. Y, por supuesto, ya no le tiro piedras.
Javier Irurtia

lunes, junio 15, 2009

¿Sobreprotegemos a nuestros hijos?

Con motivo de las Fiestas de la Juventud de Puente, tuve la suerte de ser invitado a comer en una sociedad de la calle Mayor. La comida estupenda y la compañía, mejor. Incluso jugué al mus, algo que no hacía desde años atrás, como pudo apreciar, y padecer, mi compañero de partida. Efectivamente, perdí, y además caí derrotado contra una pareja en la que jugaba una mujer, circunstancia que pone de manifiesto que la igualdad (o superioridad en este caso) también se ha instalado en el mus.

Como a toda comida festiva, le siguió una larga sobremesa. Mientras los padres y madres arreglábamos el mundo alrededor de cafés y de copas, los niños, como es lógico, jugaban en la calle. Hasta ahí, todo controlado.

Sin embargo, en plena partida, entra a la sociedad mi hija mayor con dos amigas y me dicen que se van al río. “¿Al río?”, pregunto con tono sorprendido y algo temeroso. “¿A qué vais a ir al río? Quedaos jugando en la calle, que se está muy bien”, intento convencerles con una propuesta nada atractiva que poco podía conseguir frente a sus incipientes ansias de aventura. Alguien de la mesa, que me conoce desde siempre, desmonta mi débil argumento con una sola frase: “Anda, déjales que tú te has pegado toda la infancia en el río”. Poco más pude hacer. Admití la realidad pasada bajando la mirada y asintiendo con un discreto movimiento de cabeza, y les pedí que tuvieran cuidado.

La situación nos dio pie posteriormente a comentar, y a reconocer, que sobreprotegemos a nuestros hijos. Varios de los presentes coincidíamos en lo impensable que resulta hoy en día que nuestros vástagos se muevan con la misma libertad que tuvimos nosotros. La verdad, no supimos concluir si los peligros que les acechan habían aumentado o si lo había hecho nuestra percepción de los riesgos.


Javier Irurtia