miércoles, marzo 21, 2018

La teoría de los petos naranjas

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Aunque no los frecuento, o quizá por eso, cuando me asomo a un estadio de fútbol o una plaza de toros tiendo a fijarme más en el paisanaje del graderío que en el espectáculo sobre el césped o la arena.

En mi última visita a El Sadar, lo reconozco, reparé también en un detalle del campo que, pese a no ser novedad, me llama la atención: el trío arbitral no viste de negro. Es más, lucía una camiseta azul celeste. Será la evolución de la moda deportiva, pero encuentro que esta licencia colorida resta cierta autoridad al árbitro (¿qué puede resultar más riguroso que un señor vestido de negro?). Y además, vacía de toda gracia la ocurrencia de un compañero de carrera que llamaba Colegio de Árbitros a la Facultad de Teología de nuestra universidad.

Volvamos al público. Me fijo en el personal de seguridad que controla los accesos y vigila el orden en las gradas. Escudriño los petos naranjas para descubrir si existen distintos niveles. Sí, están numerados, pero todos incluyen la misma palabra: steward. Esperaba otra leyenda, que indicara la categoría, el área que controla cada uno o, al menos, el término seguridad en inglés.

El hecho de que mi acompañante tampoco supiera qué significa steward, azuzó mi imaginación hasta el punto de hacerme recordar que, en otra ocasión, la palabra rotulada en los petos era distinta. Y le encontré una explicación: en cada partido, al personal de seguridad le entregan un peto con una palabra diferente, que no significa nada, elegida de manera aleatoria. Sin duda, una medida perfectamente ideada para que nadie ajeno al servicio pueda hacerse pasar por personal de seguridad. Me estaba preguntado si una iniciativa tan sofisticada vendría de la misma FIFA o de la Federación Española cuando mi acompañante, tras bucear en Google, me arrancó de mi elucubración: “Steward significa mayordomo en inglés, pero el nombre aparece en los petos porque es una empresa dedicada al control de seguridad en eventos”.

Tanto esfuerzo elaborando mi teoría tuvo la misma recompensa que el buen trabajo de Osasuna ante el Zaragoza: ninguna. 

Entrada publicada en la sección Desde la cabina 34 de la Asociación de Periodistas de Navarra.

miércoles, diciembre 20, 2017

El conde de Chinchón


Luis Antonio de BorbónQue el infante Luis Antonio de Borbón y Farnesio fuera nombrado cardenal y arzobispo de Toledo con tan sólo 12 años resulta sorprendente. Tanto como que el conde de Chinchón renunciará a los cargos eclesiásticos por amor. Corría el siglo XVIII y su boda con la aristócrata zaragozana Mª Teresa de Vallabriga le costó además el destierro de la corte.
 
Lo mejor de esta historia es que, si visitas la villa de Chinchón (Madrid), la descubres por casualidad. Un discreto mural, situado en una de las calles que desemboca en su magnífica plaza Mayor, la cuenta y remata con una copla de la época:  
Al conde D. Luis Antonio
la mitra no le interesa
cautivo está de los ojos
de una hermosa aragonesa.


Chinchón


martes, diciembre 19, 2017

La Almenara

Almenara

Cuentan que desde la cima de La Almenara (Robledo de Chavela, Madrid), los musulmanes avisaban mediante una hoguera a sus correligionarios de Toledo de la proximidad de tropas cristianas. De ahí su nombre: "al manara" (lugar de la luz).

También una leyenda cuenta que algunos atardeceres pueden verse en la cumbre reflejos del fuego encendido por el espíritu de un moro que todavía vaga por estos parajes. No coincidimos, pero sí nos encontramos a los pies del pico con las imponentes antenas de Complejo de Comunicaciones del Espacio Profundo de la NASA. Esas antenas, que registraron en 1969 la primera señal del Apolo 11 tras superar la cara oculta de la Luna, son las almenaras de nuestro tiempo.



martes, abril 04, 2017

#ANIS17: gracias por tanta gratitud


He dejado pasar un par de días para comprobar si perduraba en mí la misma sensación que me acompañó al terminar el XIII Congreso de Periodismo Sanitario celebrado en Pamplona.

Tratando de recordar los anteriores, descubro que ha sido mi octavo simposio de la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS). Eso sí, una participación algo distinta al haberse celebrado en mi tierra.

Todas las ediciones anteriores me han parecido perfectamente organizadas y, creo recordar, al término de todas he agradecido ese buen funcionamiento. Esta vez, al formar parte, aunque mínima, de la organización, he sido consciente de la enorme cantidad de esfuerzo, tiempo y dedicación que exige poner en marcha el congreso. Y además ese trabajo comienza meses antes de que los asistentes lleguemos a la sede a acreditarnos, ilusionados por reencontrar a compañeros que muchas veces sólo vemos de año en año.



No voy a insistir en lo que todos los asistentes hemos visto: el impagable trabajo de los voluntarios, capitaneados por María Miret; la excelente acogida de la Clínica Universidad de Navarra; o el atractivo programa diseñado por la comisión organizadora.

Sin embargo, sí me gustaría transmitir otra impresión que, como parte de la organización, he tenido la suerte de sentir: la enorme gratitud de los asistentes. Soy incapaz de recordar el número de congresistas que se me acercó para agradecer y felicitar a la organización por la buena marcha del congreso.

Este año he conocido de cerca todo lo que supone organizar nuestro congreso anual de ANIS, pero al mismo tiempo he tenido la fortuna de descubrir lo agradecidos que son sus participantes. Para un esfuerzo desinteresado, no se me ocurre mejor recompensa que la gratitud. 

 

miércoles, enero 04, 2017

Un rey negro

(Este es el cuento que presenté, sin éxito, al VII Certamen de Cuentos de Navidad ‘Heraldo de los Reyes Magos’)

La llegada de Beltza provocó un revuelo entre los pacientes como no se recordaba hace años. Pocas veces se había visto a los residentes de la clínica tan ilusionados, ni siquiera cuando se derribó el muro del patio para convertir la zona de esparcimiento en un luminoso jardín.

Con apenas cinco meses de vida, el cachorro de galgo, tan negro como despierto, supo ganarse en días el afecto de la mayoría de la clínica. Bastaba observar su comportamiento con los pacientes para entender por qué Beltza era tan querido. De no tratarse de un perro, uno podía llegar a pensar que conocía su misión allí: la terapia asistida con animales para personas con enfermedad mental.

Porque de otra manera era difícil comprender la paciencia con que el galgo aguantaba que cada mañana una persona distinta tirara de su correa en el grupo de paseo. Parecía entender la ilusión con que vivía el encargado diario su protagonismo de cuidador. O así lo transmitía su actitud dócil y su falta de reacción hacia los tirones, inintencionadamente bruscos en la mayoría de ocasiones. 






Por las tardes, Beltza tenía un programa más llevadero. En la planta de pacientes de mayor edad, y con menos posibilidades de movimiento, esperaban su llegada como si fuera la de un bebé. Sentados en círculo alrededor de la sala, todos se esforzaban por llamar su atención para que se detuviera y poder acariciarlo y cepillarlo. Mientras, el galgo, con ese sentido especial que tienen los perros, elegía como primer destino la rueda derecha de la silla de Mercedes. Una vez parado, elevaba su cabeza hasta que la mano de la anciana pudiera acariciarla sin esfuerzo. Y Mercedes sonreía porque, como ya había contado muchas veces, Beltza le recordaba mucho a Morico, aquel galgo que acompañaba a su marido, Antonio, cuando salía a cazar liebres. Y que Antonio y Morico volvieran a casa con un par de liebres siempre era motivo de alegría en aquellos años en los que no abundaba la comida.

Apenas cumplía su primer mes en la clínica, cuando Beltza perdió algo de protagonismo entre los pacientes. Su actitud no había cambiado, más bien al contrario. Cada vez conocía mejor a los residentes y había aprendido a adaptar su comportamiento para agradar a cada uno y, como consecuencia, sentirse a su vez correspondido. En realidad, tampoco hacía falta ningún análisis sociológico para hallar el motivo que alejaba a Beltza del centro de atención. La razón venía marcada por el calendario: toda la clínica estaba volcada en preparar la próxima Navidad.

A partir de la segunda semana de diciembre, los preparativos de las Navidades protagonizaban la actividad de los pacientes y del personal del centro. Había tanto por hacer: montar los dos belenes (uno en el vestíbulo, con más de 40 figuras, y otro en el comedor, algo más modesto en cuanto a participantes), decorar el árbol de la puerta de entrada y, por supuesto, el del jardín. Para el segundo nunca faltaban voluntarios, y bien necesarios que resultaban, pues había que adornar un abeto de más de tres metros de altura. Incluso, y esto se convertía en lo más llamativo, era preciso contratar un camión-grúa con canastilla para colocar la estrella en la copa y las luces en las ramas más altas.

Y además de la decoración, todos los días a media tarde tenía lugar el ensayo del coro para la actuación del día 23 de diciembre, a la que estaban invitados los familiares de los pacientes. Tratando de que se adaptara a la nueva rutina del centro en los días previos a Navidad, el segundo día del ensayo Beltza fue llevado a acompañar al coro. A los suaves acordes iniciales del “Ay del chiquirritín” interpretados al piano, le siguió el sonido inesperado y ronco de la zambomba que primero asustó y luego terminó por lastimar los oídos del galgo, hasta que abandonó corriendo el salón de actos.

Quizá por el desasosiego provocado por el sonido de la zambomba o quizá por la falta de atención de los pacientes, lo cierto es que el comportamiento de Beltza había cambiado. En muchos momentos ya no era aquel galgo tranquilo y paciente. Incluso protagonizó sus primeras travesuras, como aquel día que desapareció la mula del belén del vestíbulo y nadie supo nada de ella hasta que el jardinero la encontró semienterrada junto a un seto. Algo más que travesura consideró Paula, la jefa de enfermeras, cuando el galgo salió corriendo con una tira de espumillón en la boca y, al intentar quitársela, una residente anciana perdió el equilibrio y todos temieron que se hubiera roto la cadera en su caída.

Paula veía con preocupación el comportamiento del perro en los últimos días, por lo que reunió al equipo de enfermeras responsable de Beltza para decidir cómo actuar. Concluyeron que su actitud era consecuencia de haber perdido el contacto con los pacientes y, para qué ocultarlo, también el protagonismo. Se decidió que acompañara al coro todas las tardes en los ensayos, eso sí, eliminando del acompañamiento musical tanto la zambomba como cualquier otro instrumento de percusión que dañara sus oídos.

La vuelta a la relación diaria dio sus frutos: la docilidad, paciencia y tranquilidad volvieron a adueñarse de Beltza. Y al mismo tiempo, su presencia en los ensayos sirvió de elemento tranquilizador para los componentes del coro, preocupados por la responsabilidad de cantar ante tanta gente y de poner la parte musical al recibimiento a los Reyes Magos que se representaba en la tarde del 23 de diciembre.

Con la conexión entre pacientes y galgo nuevamente establecida, no podía tardar en llegar una petición que Paula tomó a broma en un primer momento, pero tuvo que empezar a considerar cuando ya sumaban siete los miembros del coro que se la habían transmitido. Querían que Beltza, al que no sólo consideraban uno más sino alguien muy especial, participara en la fiesta de Navidad. No sabían cómo, pero pedían que ese día estuviera con ellos.

La jefa de enfermeras intentó quitarles la idea de la cabeza. Incorporar a Beltza a la clínica había tenido que superar muchas oposiciones, tanto de la dirección del centro como de algunos familiares. Que el perro apareciera en la fiesta de Navidad podía no ser entendido por todo el mundo. Quiso saber qué opinaba Ramón, psicólogo del centro que ejercía como director del coro, confiada en que le daría la razón. Sin embargo, su respuesta no fue la esperada.

- Entiendo tu postura, Paula, pero como profesional y desde mi visión de director del coro, tengo que decirte que desde que Beltza ha asistido a los ensayos, los progresos del coro han sido notables. Y estoy seguro de que su presencia en la fiesta que tendrá un efecto tranquilizante.

 Quedaban dos días para el 23 de diciembre y Paula tenía que tomar dos decisiones: si iba a permitir que el galgo estuviera en la fiesta y, de hacerlo, cómo participaría. Temía la reacción de la dirección y de algunos familiares. Pero al mismo tiempo se recordaba a sí misma que desde el primer momento apoyo la implantación en la clínica de la terapia asistida con animales. Excluir a Beltza de la fiesta supondría una ruptura con el proyecto terapéutico que, de momento, sólo ha dado buenos resultados, se dijo para terminar de convencerse. A la hora de decidir su participación, Paula tenía claro que aquella era una oportunidad para reforzar el papel del galgo entre los pacientes.

Por eso, el 23 de diciembre, no le resultó tan descabellado ver avanzar a la comitiva real camino del salón de actos. En cabeza, Melchor, encarnado por un operario de mantenimiento de la clínica; seguido de Gaspar, que se parecía mucho a un cocinero del centro; y en tercer lugar, un orgulloso Beltza, ataviado con una capa de armiño confeccionada a medida. Al entrar en el salón, las reacciones se sucedieron en tres fases: de las expresiones de sorpresa a la hilaridad ante una estampa inusual, para terminar con un aplauso respetuoso a los tres reyes. No era para menos, pues el porte de Beltza, altivo y aristocrático, bien parecía condensar en su mirada las vivencias de tantos de sus antepasados que habían sido los favoritos de monarcas medievales. Esta vez, el joven galgo negro era el rey, no sólo en la ficción como Baltasar, sino también en la realidad diaria de la clínica.

jueves, julio 21, 2016

Sanfermines con otro enfoque

Hay personas, bastantes, a quienes los Sanfermines les agudizan el ingenio. Inventan disfraces, canciones o situaciones cómicas nada habituales el resto del año. Para otros, como JLO, las fiestas de Pamplona se convierten en el espacio propicio para que su genialidad aflore al mirar a través del objetivo. 

Después de muchos, muchos, años fotografiando los Sanfermines, JLO ha elegido el camino de las imágenes “alternativas”. Pese a que difícilmente encontrarían hueco en un medio de comunicación, la mayoría de sus fotografías sintetizan la esencia de los Sanfermines desde la perspectiva experta de quien lleva lustros observando la fiesta.

San Fermín 2016. Plaza de Toros. www.joseluisollo.com
José Luis Ollo  
Quizá por eso, JLO huye de los escenarios principales, fotografiados hasta el aburrimiento, para mostrar qué ocurre entre bambalinas. Prefiere el calentamiento solitario del corredor fuera del recorrido del encierro antes que la imagen típica de la carrera. Puede reflejar el bullicio del chupinazo, sin olvidarse de quienes menos disfrutan de la fiesta. Y se esfuerza, con acierto, por retratar al torero en los momentos previos al paseíllo, cuando su concentración intercalada de oraciones transmite mayor autenticidad que las poses propias de la lidia. 

Atendiendo a la máxima “Tu enfoque determina tu realidad”, frase del caballero jedi Qui-Gon Jinn que introduce la cuenta de Instagram de JLO, los Sanfermines que ve este fotógrafo pamplonés guardan muy poca relación con las imágenes icónicas de las fiestas. 

martes, mayo 19, 2015

De amor y vino

“Una cosa es el vino y otra cosa es el amor”. Así empieza la canción tan bien elegida por Pablo para acompañar el vídeo con el que despedimos a Ignacio (y también homenajeamos a Marcelo, cómo no). “Pero si juntas las dos, nace el amor por el vino”, continúa el tema de los Celtas Cortos.

Eso es: amor por el vino. No puede ser otro el envoltorio que ha adornado toda la historia de La Centinela desde sus inicios. Amor junto a una porción de locura traída por dos tipos irrepetibles llegados del otro lado del Atlántico, una corriente de demencia en la que unos cuantos se han dejado (nos hemos dejado) arrastrar mansa y placenteramente.

Sin ese enfoque, no tiene explicación que La Centinela reúna a su alrededor a un grupo tan variopinto de personas y que toda cita -poda, vendimia, embotellado…- convierta la bajera de Miguel y Mariaje en el epicentro de tantas, y tan divertidas, celebraciones.

Javier Goldáraz

El ímpetu de Marcelo e Ignacio abrió el camino, una aventura a la que se unieron unos cuantos entregados, jornaleros incondicionales en las labores más duras de la viña y en la asesoría magistral para lograr la mejor vinificación. Mejor no los cito -ellos se reconocerán-, no vaya a olvidarme de alguno. Y luego estamos los colaboradores ocasionales, atraídos por los cantos de sirena de La Centinela en sus días grandes.

Aunque todavía sea mayo, a punto de llegar la floración, unos cuantos de esta familia de La Centinela estarán ya pensando en cómo será la próxima vendimia en las laderas de Artazu. Ojalá la uva venga con calidad y abundancia. Y, lo más importante: ojalá volvamos a coincidir todos.